Siempre he apreciado los girasoles por encima de cualquier flor. Me parece fantástico que sean hermosos y sublimes; pero sin espinas, que están perfectamente diseñados, su patrón corresponde a la secuencia de Fibonacci, es un patrón matemático que se genera a partir de la suma de los dos números anteriores. En los girasoles, las espirales del centro se generan en esta secuencia, me parece increíble que una flor así de “sencilla” tenga tanta complejidad en sí misma.
Los girasoles nos regalan un hermoso amarillo, psicológicamente hablando sinónimo de energía, alegría, felicidad, abundancia, fuerza y acción, además su principal fuente de energía es el amarillo y el poderoso sol, tanto dependen de él que giran en torno a este, sin embargo, en días nublados los girasoles se voltean cara a cara para brindarse energía mutuamente…
Pero ¿alguna vez has tocado un girasol en su tallo? Tiene unos pelitos muy chicos e inofensivos, pero si deslizas tus dedos sobre el, sentirás un ardor, esa sensación de “quemarte” como cuando te cortas con una inofensiva hoja… El girasol es hermoso, radiante, brinda luz, irradia energía, no tiene espinas, sin embargo, si lo lastimas te llevarás una incómoda “quemada”.
Siempre he admirado los girasoles, una vez creí que había encontrado uno, pero no me recargaba de su energía en los días nublados, parecía no tener espinas y aun así cada vez que lo tocaba me lastimaba, su patrón no resultaba en sumar, ni su complejidad resultaba en una espiral hermosa, me restaba alegría y me hacía perder fuerza, hasta que entendí que no se trataba de un girasol, más bien era una margarita que se deshojaba entre un me quiere, no me quiere… ¿Y cómo pude confundir semejantes flores tan diferentes? Pues porque el sobrevalorar lo que recibimos y esperar a cambio en función de lo que somos nos hace percibir las cosas de manera desproporcionada, fue así como logré ver una pequeña margarita como un gran girasol y al final entendí que en realidad el girasol SOY YO.


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