La maternidad no solo se trata de criar, también es un espejo transformador.
Acompañar las emociones de nuestros hijos es una invitación a mirarnos, a sentir y a crecer junto a ellos.
Hoy te comparto una reflexión personal sobre lo que he aprendido con Miguel, mi hijo, y cómo ese espejo emocional ha cambiado mi vida.
El inicio del aprendizaje: traducir emociones.
Una de las lecciones más significativas y sublimes que me ha traído Miguel ha sido el respeto por las emociones.
Con cada llanto, aprendí a traducir sus necesidades; qué hermoso es escuchar cada sonido diferente según su necesidad y emoción. Qué hermoso es el instinto de supervivencia: tan natural como la necesidad de comunicarse.
A medida que creció, llegaron los dos años y, con ellos, un descontrol emocional natural. Su sistema de comunicación estaba mutando, y existía una resistencia mezclada con la falta de herramientas para manejar esas emociones intensas.
El mantra: dejar sentir para crecer.
Aprendí a dejarlo sentir. Me repetía constantemente: “Déjalo llorar, déjalo sentir la rabia. Si las siente, las conoce, identifica y canaliza…”
Era una especie de mantra que me llevó a respetar sus procesos. Así pude acompañarlo a madurar —lo suficiente para su edad—, día tras día, moldeando actitudes y reacciones que nacían junto con cada emoción.
Aunque ahora estamos más “maduros”, las emociones siguen presentes, renovándose cada día según el contexto. Y seguimos con el mismo mantra:
«Déjalo llorar, déjalo sentir la rabia. Si las siente, las conoce, identifica y canaliza…»
Ya no hay pataletas como a los dos años, pero sí expresiones y reacciones emocionales que continuamos moldeando.
Llevo cinco años repitiéndome esas palabras cada vez que Miguel necesita sentir sus emociones.
El mantra se hizo mío.
La simbiosis: un crecimiento compartido.
Hoy me descubro reflejada en él —literal y figurativamente—, en el poder de sentir y respetar las emociones.
Cuando le doy espacio para sentirlas, me regalo el permiso de mirar mi propia incomodidad.
Ahí estoy yo, reflejada en su espejo, sintiendo probablemente algo muy similar a lo que él experimenta.
Y es por eso que a veces me incomoda.
Entonces, me toca aplicar el mantra: sentirlo, respetarlo… y en ese proceso, casi sin darme cuenta, también me voy moldeando.
Una simbiosis hermosa.
Con mi hijo existe una relación particular: sin reservas, sin máscaras.
Crecemos juntos y aceptamos, con humildad, el papel de maestro que cada uno tiene en la vida del otro.
Sin ego.
Solo dos almas evolucionando juntas.
El espejo de Miguel ha sido uno de mis mejores maestros en la vida.


Dejar una Respuesta