Un viaje íntimo a través del miedo, la creatividad congelada y la necesidad urgente de romper el hielo escribiendo. Porque donde no puedo ser, no me puedo quedar.
Aquí estoy, una vez más sentada frente al teclado, intentando escribir… Pero en realidad, un poco paralizada, nublada. ¿por dónde empiezo? ¿de qué hablo? ¿cómo fluyo?
Aunque, la verdad, detrás de esas preguntas hay otra capa:
¿de qué sirve escribir? ¿a quién le importa lo que escribes? ¿qué suma a tu vida o a la de otro esta paja? ¿te crees escritora?
Inseguridades.
Un diálogo interno de mierda.
Fucking ego.
Malvado miedo.
Como si escribir no le sirviera al alma.
Como si no me sanara.
Como si no me hubiera sumado ligereza y conexión con humanos que ni siquiera conozco en persona.
Como si no me hubiera ayudado a tejer una red bonita.
Como si necesitara un título o una maestría para ser escritora, para utilizar ese don maravilloso del Homo sapiens sapiens: el lenguaje en símbolos, privilegio humano que solo yo me estoy limitando a utilizar por tonteras que ni al caso vienen. Alimentando a una impostora cruel que habita en mí y, peor aún, cortándome las alas como si no mereciera volar hasta donde yo quisiera…
Creo que una de las cosas más lamentables de estar tan rota es que, aunque creo que me remiendo, que me sano, aún la evidencia del trauma más grande está en mí.
Aunque ya me proteja mejor.
Aunque ya vea con otra perspectiva.
Aunque elija no tropezar con la misma piedra.
Aunque perdone y me perdone…
Aquí sigo.
Dándome, a veces, el trato más cruel que me han dado.
Sí, yo misma siendo mi peor enemiga, peleada con las versiones más puras y mágicas de mí, impidiéndome avanzar hacia lo que me hace bien.
Porque, sea lo que sea este montón de símbolos, frases y palabras, son el puente entre mi sentir y mi pensar.
Ese que me permite conectar el alma y fluir.
Soltar dolores, pesares, inseguridades.
Acumular evidencias.
Sumar certezas.
Validarme.
Liberarme.
Estoy leyendo Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés. Ha sido un encuentro maravilloso con esa mujer salvaje que habita en mí, con esa parte de mi alma que quiere salir hace tiempo y mostrarse con transparencia. Sin pretender encajar, sin querer ser la niña buena, pasar desapercibida y no sufrir el exilio.
Ha sido muy duro crecer sin encajar.
En el núcleo, en el sistema, en la cultura, en la religión.
Pero no porque ser diferente esté mal, sino por las consecuencias violentas que he enfrentado por ello.
El maltrato que ha supuesto ser yo.
Crecí entendiendo que eso estaba tan mal y pagando un precio bastante alto por elegirme.
Sin embargo, a la salvaje no se le detiene fácilmente y he pagado con honor cada precio que me ha traído hasta aquí.
Y, sin embargo, cuando ahora soy solo yo conmigo, cuando no hay precio que pagar…
El miedo sigue azotando, carcomiendo,
y es de los más difíciles de enfrentar.
En mi lectura de ayer me encontré con la mujer exiliada, una mujer que se congela, que congela su creatividad.
Esto, a modo defensivo, pero injustamente apagando el fuego del alma.
Porque ella funciona, básicamente, en respuesta a la función creadora.
Y es así como ese mecanismo de autoprotección se convierte en mi propia condena.
La solución: básica, simple y poderosa.
Romper el hielo creando.
Seguir adelante cueste lo que cueste: escribir, pintar, cantar, bailar, actuar.
Simplemente crear.
Dedicarme a mi arte.
Permitirle ser…
Es así como estas líneas hoy son mi medicina, mi lucha, mi resistencia.
Mi defensa más grande y dolorosa.
Hoy me defiendo de mí misma para dejarme arder.
Porque quiero renunciar a encajar.
A ser la buena.
La no juzgada.
La que no se expone.
La que no recibe el rechazo.
Porque entendí la teoría:
Donde no puedo ser, no puedo estar.
Donde no pertenezco, no me quedo.
Donde tengo que fingir o, peor aún, inhibirme… No me puedo quedar.
Pero aplicar la práctica no es tan sencillo como entender la razón, accionar es más complejo que racionalizar cada concepto, porque abrazarme con amor puro y real es más heavy de lo que parece, que el amor propio no es mascarillas y frases cliché es abrazar con orgullo y valentía decisiones difíciles y enfrentar los miedos más fuertes que habitan en mi psique.
He dejado tantos lugares y personas amadas por no pertenecer.
He sido tan valiente para irme de los espacios donde no correspondo ni soy correspondida.
Pero el más duro sigue estando en mi mente.
Mi propia jaula.
Mi propia cadena…
La llorona está aquí, soltando lágrimas al escribir esto.
Al reconocer, con dolor, que todavía hay tanto que integrar.
Y orgullosa de haberse permitido escribir y enfrentarse a ella misma con valentía.
Gracias, coraje, por ser tan grande en mí y permitirme llegar hasta aquí.


No hay mejores palabras que las que acabas de escribir 💛